IA

Los xennials: la generación que aprendió a ver

15/08/2023

Hay una generación que nadie nombra. No somos millennials — llegamos antes de la ansiedad permanente, antes de que el teléfono fuera una extensión del cuerpo. Tampoco somos Gen X — no nos alcanzó el cinismo postmoderno ni la nostalgia por los ochenta como identidad. Somos algo intermedio, algo que los sociólogos llaman xennials: nacidos entre 1977 y 1985, crecidos en un mundo analógico, formados en uno digital.

Tuve unos trece años cuando vi por primera vez un ordenador. No había internet. Había floppy disks. Había que esperar. Había que estar presente porque no existía otra opción.

Eso que parece una limitación fue, sin saberlo, la mejor educación que pude recibir.

Aprendí a hablar con personas porque no había otra manera de comunicarse. Cuando querías conocer a alguien, tenías que llegar, presentarte, sostener la incomodidad de los primeros minutos sin escapatoria posible. No había pantalla donde refugiarse, no había notificación que justificara desviar la mirada. Había dos personas en una habitación aprendiendo a estar juntas.

Aprendí a esperar. El teléfono era fijo, estaba en la pared, y si la persona a la que llamabas no estaba, no estaba. Punto. Nadie te debía disponibilidad permanente. Nadie esperaba respuesta inmediata. La comunicación tenía pausas, tenía ritmo, tenía silencio.

Aprendí a aburrirme. Y en ese aburrimiento, a pensar.

Todo eso se perdió. No digo que esté bien ni que esté mal — digo que se perdió, y que muy poca gente es consciente de lo que significa esa pérdida.

Las generaciones que vinieron antes que nosotros vivieron también el mundo analógico, pero la tecnología llegó tarde para ellos. Muchos la adoptaron con esfuerzo, otros directamente no pudieron. Entienden el antes, pero ya no entienden el ahora.

Las generaciones que vinieron después nacieron con el teléfono en la mano. Son nativos digitales en el sentido más literal: nunca conocieron otra cosa. Son brillantes usando herramientas que nosotros tardamos años en aprender, pero no tienen el punto de comparación. No saben lo que se ganó. No saben lo que se perdió.

Los xennials somos los únicos que vimos los dos mundos desde adentro.

Y eso, en el momento en que vivimos, es una ventaja extraordinaria.

La inteligencia artificial no es solo una herramienta nueva. Es una reconfiguración profunda de la relación entre los humanos y la tecnología, entre el pensamiento y la máquina, entre lo que hacemos nosotros y lo que delegamos. Para navegar esa reconfiguración con criterio — no solo con entusiasmo, no solo con miedo — necesitas haber vivido el contraste. Necesitas saber cómo era antes para poder juzgar qué estamos construyendo ahora.

Necesitas haber aprendido a hablar con alguien de frente para entender qué perdemos cuando dejamos que un algoritmo gestione nuestras relaciones. Necesitas haber esperado para entender el valor de la fricción. Necesitas haber estado incómodo, aburrido, sin escapatoria, para entender qué significa que ahora nunca tengamos que estarlo.

Los xennials entendemos la tecnología porque la adoptamos. Pero también entendemos la humanidad que existía antes de ella. Somos conscientes de lo que ganamos — y somos, quizás, los únicos verdaderamente conscientes de lo que perdimos.

Esa conciencia doble es lo que nos hace falta en las conversaciones sobre IA. No más entusiastas que solo ven oportunidades. No más escépticos que solo ven amenazas. Personas que puedan ver los dos lados porque los vivieron, que puedan hacer preguntas incómodas desde un lugar de conocimiento real, que puedan liderar la transición sin romantizar el pasado ni ignorar sus lecciones.

Un montón de piedras deja de ser un montón de piedras en el momento en que un solo hombre lo contempla, llevando dentro de sí la imagen de una catedral.

Nosotros vimos las piedras. Vimos la catedral. Y ahora, cuando el mundo entero está en medio de la construcción más grande de la historia reciente, somos los que sabemos la diferencia.

Ese no es un accidente. Es una responsabilidad.

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